Desgracia en el tejado.

Entonces aquella teja se rompió.
En medio segundo el cuerpo de la pequeña Lenora era salvado de un viaje a la muerte por un trozo de tela que pertenecía a su vestido que se había enganchado a una viga.
Y en medio minuto experimentó varias sensaciones.
Angustia , cuando se le pasaba por la cabeza la idea de caer al vacío si la prenda se rompía. ¿Dolería mucho?
Nerviosismo, ¿bajaría algún día de allí? ¿Alguien la vería?
Vergüenza, desde el suelo se llegaban a contemplar su ropa interior, blanca con remates rosados. ¿Y si pasaba por allí alguno de los chicos?

Y cuando fue a juntar las piernas para que la visión fuera menos precisa, el vestido se deshiló. Y en el tiempo en el que la muchacha de cabellos negros tardó en gritar, su cuerpo se precipitó al suelo.
Se pudo oir a la perfección el roce de los zapatos de charol, los zapatos especiales para los domingos, con el suelo. También se pudo ver perfectamente cómo Lenora cerró sus jóvenes párpados lentamente, y cómo
sus rodillas blanquecinas comenzaban a emanar un líquido del color de las manzanas, los pintalabios y la salsa de tomate. Pero aquella salsa de tomate dolía.

1 comentario:

La niña imantada dijo...

A mi me encanta la ropa interior blanca y rosa, es tan mona.