Venganza con regusto dulzón.

Me encanta ir a la despensa a medianoche y abrir el bote de las galletas. A oscuras, en pijama, con el nerviosismo del evitar que me encuentren cebándote. Esa inquietud lo hace excitante. ¡Es una mísera galleta resesa, que con suerte tendrá algún tropezón de chocolate! Pero lo que aún me gusta más es ver tu cara a la mañana siguiente, al descubrir que no quedan galletas para desayunar. Es mi venganza semanal por acostarte con aquella furcia de largos pendientes. Y esa venganza es tan confortable que luego no me importa dormir a tu lado. Y así, cuando no encuentras parte de tu desayuno todos los jueves, estoy casi segura de que piensas: ¡Joder! esto es un maldito castigo divino. No volveré a ser infiel. E irás al supermercado.
Siempre puedo ser yo tu galleta.

1 comentario:

La niña imantada dijo...

Siempre puede desayunar cereales. Aunque claro, lo de que la chica sea su galleta suena muchísimo mejor, todo hay que decirlo.