Sinfonía.

Tus dedos finos y alargados se dejaban resbalar por mis costillas como si de un piano se tratara. Y cada vez descendían más.
Me arrancabas suspiros, suspiros que iban y venían, como los arcos de el violín, lentos pero acompasados, y tú únicamente mostrabas una sonrisa de suficiencia mientras continuabas con la faena.
Y las sábanas crujían como los pistones de trompeta, pero no nos interrumpían.
El tic-tac del reloj de la pared se convertía en un metrónomo, y la euforia que nos dirigía como títeres sonaba a violonchelo. Ahora estábamos en la reexposición, pronto llegaríamos al da capo.
Los matices estaban marcados por tus susurros y los míos, y casi no podíamos contenernos, habría que pasar al compás siguiente.



Y el fin culminó con nuestras voces, haciendo un sólo, soprano y tenor. Con nuestros besos como aplausos, cayó el telón.

1 comentario:

La niña imantada dijo...

Seguro que fue la mejor melodía que escucharon en toda su vida.