Pensamientos de sábanas.





Adoraba ver a la tormenta gritar mientras a ella le hacían el amor.
Y detestaba tener que mirarle a la cara.
El simple hecho de sentir su aliento le daba arcadas.
Sólo necesitaba roce.
Y cuando no había tormentas, cerraba los ojos, y pensaba en el que ella soñaba que le hiciera el amor, el que no estaba en esa cama abrazándola. Y entonces era cuando jadeaba, y lloraba, lloraba por haberle dicho que se fuera, lejos, lejos. Nadie se merecía tenerla.

Arrogante sin querer.
Y estúpida al intentar arreglarlo.

¿Y si sólo quería estar sola? Tenía tantos problemas en la cabeza que se le olvidó su nombre.

1 comentario:

La niña imantada dijo...

Se le olvidó el nombre, como la llamaban entonces todos los hombres que pasaban por su cama? Bueno, el nombre es importante, quizás ese al que echó todavía se acuerde.